Inglaterra, un ejemplo de lucha contra los ‘hooligans’

En paradoja con este sitio web, que honra, de algún modo, la vivacidad de un jugador al que apodaban ‘la alegría del pueblo’, el fútbol español naufraga todavía estos días en la más absoluta tristeza, la única sensación que puede dejar tras de sí la última víctima mortal tras los enfrentamientos de los mal llamados hinchas del Atlético de Madrid y el Deportivo de La Coruña.

Poco parecen entender de fútbol y poco también de sus valores, de los principios de esos equipos con cuyos colores cubren su piel, ignorando el verdadero valor de los mismos e importándoles más bien poco. Ellos han convertido un escenario de lucha noble, sana rivalidad y deportividad en asfalto de sangre, odio y asco. Esos escudos que muchos lucen orgullosos como símbolos de fe, de perseverancia y triunfo para ellos son solo parapetos de golpes y de sus propios rostros, que esconden en un reconocimiento implícito de cobardía y mal hacer.

Lugar en el que murió el ‘ultra’ del Dépor, conocido como ‘Jimmy’ | Foto: AFP

Y ahora sí. Las instituciones españolas que asistían, impasibles, a la lucha de Barcelona y Real Madrid contra estos elementos, se unen en pos de erradicar una amenaza que, con unos resultados más o menos escandalosos, son una lacra constante en nuestro fútbol. También lo fueron en otros países, que iniciaron su particular cruzada contra los violentos hace muchos años. A día de hoy es difícil afirmar que esto está erradicado del todo en Inglaterra, uno de los países pioneros y ejemplo en la lucha contra los denominados ‘hooligans’ pero sí parece innegable que el protagonismo de estos en el fútbol se ha visto claramente reducido. A un precio, eso sí, demasiado alto; un precio que convendría no estipular como límite también en España.

El fenómeno -si es que puede denominarse así- ‘hooligan’, vive su época de mayor esplendor en Inglaterra allá por las décadas de los 70 y 80. Grupos como los Red Army (seguidores del Manchester United) o los Yid Army (seguidores del Tottenham) se habían hartado de protagonizar todo tipo de actos vandálicos antes, durante y después de los partidos que enfrentaban a los suyos con cualquier equipo, naturalizando escenas dantescas que amenazaban con convertirse en parte indisoluble del propio deporte rey.

‘Hooligans’ ingleses | Foto: Gamefilia.com

Los orígenes: Edward Hooligan y su legado

Son muchos los que transportan la aparición de los ‘hooligans’ en Inglaterra al Mundial allí celebrado en 1966 pero el término, como tal, ya se escuchaba mucho antes (allá por 1898) en los medios de comunicación y en el seno de la ciudad de Londres, más concretamente en la zona este, donde se encontraban los barrios más pobres y marginales de la ciudad inglesa. Por allí, Edward Hooligan paseaba su desidia ante la vida, sus continuas borracheras y sus ganas de emprenderla a golpes con el primero que se cruzase en su camino sin importar las consecuencias. Sus fechorías no tardaron en ser conocidas en un radio mayor y tomadas como ejemplo a seguir por los jóvenes de Londres que protestaban de esa manera, con especial vehemencia, tras la reestructuración económica llevada a cabo en 1960 y que sumió en la pobreza a un amplio número de ciudadanos que encontraron, también en el alcohol y en las riñas, una curiosa y reprochable forma de evasión. Así las cosas y rememorando su origen en la figura de Edward Hooligan, cualquiera que fuera generador de riñas y peleas callejeras empezó a conocerse con el sobrenombre de ‘hooligan’.

El ‘movimiento hooligan’ viene mucho tiempo atrás | Foto: izquieredacasual.com

Aprovechando el fulgor que había llevado hasta Inglaterra el deporte rey, muchos de estos grupos de violentos, encontraron en él la forma de poder camuflarse entre la multitud, al tiempo que las propias rivalidades entre los equipos les dotaban una superficial excusa para empezar a convertir los campos de fútbol en campos de batalla. El Mundial anteriormente aludido fue, para muchos de ellos, el escaparate perfecto a un mundo que, lamentablemente les tomó como ejemplo, viendo extendido el movimiento ‘hooligan’ a otros países de Europa y América del Sur. Así, la década de los 60 fue testigo de los primeros muertos como consecuencia de estas peleas entre ‘hooligans’, que empezaron a convertirse en una imagen asociada al deporte rey.

Las tragedias de Heyssel y Hillsborough fueron el punto de inflexión

Viviendo con impotente resignación la figura de los ‘hooligans’ dentro del fútbol inglés, llegarían los dos hechos más catastróficos que se recuerdan y que a la postre supondrían el particular techo que el gobierno inglés estaría dispuesto a alcanzar para ponerle punto y final a la impunidad de los violentos, que habían hallado en el fútbol, no sólo un escenario perfecto para sus fechorías, sino en muchos casos, el apoyo de los propios clubes de fútbol, no en sus actos vandálicos -lógicamente- pero sí gracias a los grupos de animación en los que se introducían para justificar su presencia en los campos de fútbol.

Una final trágica | Foto: football365.fr

Si bien, el movimiento ‘hooligan’ había tenido su origen, como el propio fútbol, en Inglaterra, los violentos sembraban el terror, de forma especial cuando su equipo jugaba lejos de su estadio, como así ocurrió aquel fatídico 29 de mayo de 1985. Un flamante Liverpool, vigente campeón por aquel entonces de la Champions League, y la Juventus de Turín, campeona de la Recopa de Europa, se disputaban el trono continental en el estadio de Heyssel (Bruselas – Bélgica). 60.000 espectadores abarrotaban las gradas del coliseo belga para atestiguar la coronación del próximo rey de Europa pero una hora antes del partido, la tragedia estallaría. A pesar de que las dos aficiones estaban bien separadas en sus respectivas zonas, las entradas remitidas para los habitantes de la ciudad de Bruselas fueron adquiridas, de forma indistinta por miembros de las dos hinchadas, que acabaron prácticamente mezclándose.

La zona Z del graderío, ubicada junto al córner, fue ocupada, en su mayoría por seguidores de la Juve, mientras que la continua, la zona X, la ocupaban seguidores del Liverpool. Corrían las siete de la tarde cuando los ingleses empezaron a lanzar objetos contra los italianos al tiempo que trataban de abalanzarse sobre ellos, propiciando la huida de estos, que acabaron estampándose contra el muro y la valla del otro extremo, propciándose así una avalancha que acabó con la vida de 39 personas.

El drama se prolongaba cuando la UEFA decidía no postergar el partido con el argumento de no generar más conflictos y los jugadores se veían obligados a jugar con los cadáveres aún en el estadio. Si bien esta decisión del máximo organismo del fútbol europeo fue duramente criticada por muchos, la sanción establecida sí gozó de la aceptación de otros tantos, al menos inicialmente: el Liverpool fue privado de participar en competiciones europeas durante 10 años, aunque finalmente acabaría cumpliendo una sanción de seis. El resto de clubes ingleses no se libraron de la sanción, impidiéndoseles a todos ellos participar en competiciones europeas durante los siguientes cinco años, al entendrse que este no había sido un hecho puntual, sino la culminación a muchos años de despropósitos. Catorce hinchas del Liverpool fueron inculpados y condenados a tres años de prisión de los que acabaron cumpliendo la mitad, al estimarse, tras recurso de la defensa, que se trataba de un homicidio involuntario.

A pesar de las fuertes medidas tomadas por la UEFA y por el propio tribunal, y a pesar también de la grave crisis que todo esto conllevó al fútbol inglés, la tragedia se repitió y por increíble que parezca, con dimensiones aún mayores. El 15 de abril de 1989 en Sheffield (Inglaterra), una nueva avalancha en un partido que enfrentó al Liverpool de nuevo y al Nothingam Forest, acabó con un saldo final de 96 muertos. A pesar de que las conclusiones finales, tras la investigación, determinaron que los ‘hooligans’ no habían sido directamente culpables de lo sucedido (sí lo fue el exceso de aforo y las malas condiciones que presentaba el estadio) aquello fue decisivo para que el gobierno inglés diera su particular golpe sobre la mesa y se decidiera a poner punto y final al movimiento ‘hooligan’, que tantas víctimas cargaba ya a sus espaldas.

El desastre de Highborough | Foto: ART

El informe Taylor  y el Football Spectators Act, una dura legislación

Eliminar las localidades de a pie y establecer que todas fueran de asientos numerados; eliminar las vallas de seguridad alambradas de los estadios; la recomendación de no vender bebidas alcohólicas, la mejora de accesos para evacuar rápidamente los campos, la instalación de cámaras de circuito cerrado. Estas fueron algunas de las medidas tomadas por el gobierno de Margaret Tatcher tras la investigación llevada a cabo con motivo de la tragedia de Hillsborough y con el fin de acabar, de una vez y para siempre con el vandalismo en el fútbol. El documento que exhibía todo eso pasó a denominarse el ‘Informe Taylor‘ en alusión a aquel que lo llevó a cabo, Lord Taylor of Gosforth. El gobierno de Margaret Tatcher, desde el Parlamento del Reino Unido también dio origen a la Football Spectators Act, así como a la Football Offences Act de 1991, que recoge como delito penal invadir el terreno de juego, el lanzamiento de petardos y otros objetos, así como también proferir cantos racistas.

Margaret Tatcher | Foto: diarioregistrado.com

La lucha del gobierno inglés por erradicar la lacra de la violencia en el fútbol fue implacable y dio resultados. A día de hoy no puede decirse que esta haya desaparecido por completo y buena muestra de ello lo dan los altercados vividos tras el partido de cuartos de final de la FA Cup entre el Chelsea y el Tottenham (empate a 3) en 2007, que acabó con siete hospitalizados tras diversas heridas de arma blanca o lo vivido en la segunda ronda de la Carling Cup entre aficionados del West Ham y el Millwall, una rivalidad que exige un capítulo a parte en la historia de la Premier League y seguramente la más sangrienta y exacerbada del fútbol inglés.

No obstante sí puede considerarse que el golpe asestado por el gobierno y los organismos competentes en Inglaterra sí fueron definitivos para reducir, de forma considerable, una lacra que sigue manchando, en muchos otros países, el desarrollo de un deporte cuyos valores promueven todo lo contrario.

El ‘hooligan’, un problema social

Suelen ser hombres de entre 20 y 30 años que, según el profesor de sociología de la Universidad de Exeter, Anthony King, tratan de reivindicar su hombría frente a sí mismos y frente a otros en este tipo de actos reprochables. Los sociólogos Eric Dunning, Patrick Murphy y John Williams van más allá en su análisis: Los violentos llevan a cabo una lucha por el dominio en batallas simuladas; suelen ser, por tanto, hombres que han sufrido, generalmente, discriminación, ya fuere en su entorno laboral o educativo y que carecen, por tanto, de un sentimiento de identidad y confianza en su reputación social. Entre los ultras, establecidas unas jerarquías en las que tienen posibilidades de ascender, ven la posibilidad de ganarse la atención y el respeto de la que con toda seguridad han carecido en otras facetas de su vida.

Un problema para toda la sociedad | Foto: hrhb.info

Lo que parece claro es que el fútbol no es la única parcela de la sociedad que ha de cargar con esta lacra, cuyo origen es mucho más profundo que una simple rivalidad deportiva. Muchos de ellos, ni siquiera sienten el menor interés por el deporte del balompié, no acuden a los estadios y ni siquiera conocen los nombres de los jugadores; simplemente buscan en un entorno fácilmente ‘rivalizable’ la posibilidad de entablar sus propias pelas, contra aquellos que se identifican como parte de otro todo y, sobre todo, contra sus propios demonios internos.

Los últimos acontecimientos, vividos entre quienes se han escudado en Atlético de Madrid y Deportivo de La Coruña, respectivamente, dejan a un muerto más en el negro balance de esta lacra y por fin, la sociedad parece despertar a un problema que es suyo, y no sólo del ámbito futbolístico en el que se desempeñan. Federación, clubes e instituciones se ponen manos a la obra en pos de erradicar la barbarie del entorno futbolístico del que se aprovechan, uniéndose a Barcelona y Real Madrid, cuyos presidentes (y expresidente en caso del club azulgrana), se han visto hasta ahora solos en una lucha que les ha puesto en el punto de mira de los violentos.

Joan Laporta y Florentino Pérez | Foto: Chema Rey (Marca).

Hasta ahora estaban solos pero el bofetón de realidad asestado el pasado domingo día 30 ha de servirnos a todos para despertar y poner de nuestra parte: los hinchas, los auténticos, incluidos aquellos que se ven salpicados por la expulsión de los grupos radicales de los estadios, no deben poner el grito en el cielo por ello, sino que debían y deben hacerlo en el momento en el que un individuo se sienta a su lado con una símbolo fascista tatuado, gritándole a la muerte y utilizando los colores de un club para sus propios intereses, muy alejados, incluso, de aquello que la sensibilidad humana puede permitir. Los árbitros, Federaciones e instituciones deben dejar, también, de naturalizar lo que ni siquiera es permisible, empezando por cánticos e insultos que han de estar sancionados, que son el primer paso y que muchas veces, la mayoría, ni siquiera se reflejan en las actas.

Las leyes deben amparar a clubes y a la propia sociedad en un grito común: si, atendiendo a la conclusiones de los sociólogos anteriormente citados, estos individuos no han tenido reconocimiento, atención ni respeto en ninguna otra parcela de su vida, no la tendrán tampoco en el fútbol. No la tendrán, sencillamente, en la sociedad. Y esa será la mayor victoria de los clubes; la mayor victoria del fútbol.

Aficionados Real Sociedad y Athletic Club | Foto: elcorreo.com

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