Argentina: historia de dos Mundiales

“De chiquilín te miraba de afuera como a esas cosas que nunca se alcanzan… La ñata contra el vidrio, en un azul de frío, que sólo fue después viviendo igual al mío…Como una escuela de todas las cosas, ya de muchacho me diste, entre asombros: el cigarrillo, la fe en mis sueños y una esperanza de amor”. 

Desligar a Argentina de la letra de un tango es algo tan imposible como desligarla del fútbol. Sus notas destilan esa pasión con la que la albiceleste pisa el campo en cada duelo; sus lamentos son un fiel reflejo de los anhelos por todo aquello que se sueña sin tener, los triunfos de otros convertidos en afanes propios; su rítmica es la equivalente a la cadencia con la que el balón zigzaguea sobre el tapete, bailando con el gaucho que la lleva pegada al pie y el sentimiento que despierta el nostálgico acordeón que maldice lo perdido y presume la conquista yace en el mismo límite que establece la línea de un gol. El desgarro de la derrota, el estallido del triunfo, una marca grabada a fuego en la piel, el corazón y el palmarés de todo argentino.

Argentina albergó su primer Mundial en la XI edición

“Cuando me abriga la noche y canta la luna con luz de cristal, siento las voces que un día me dieron lecciones de amor y verdad. Voy estrechando, entre sueños, las manos que siguen ofreciendo paz, busco en un mar de fantasmas un puerto a mi barco cansado de andar…”.

Argentina había caído ante Uruguay en la primera edición del Mundial (1930) Y el barco encontró al fin ese puerto con tierra de plata y corazón de hierro tras una espera de más de 48 años, los mismos que hubo de aguardar Argentina para convertirse en sede de una Copa del Mundo, la décimo primera edición. Hasta entonces, las conquistas de Uruguay, Italia, Alemania, Brasil e Inglaterra se habían vivido desde la Tierra del Fuego como reflejo de todo aquello que algún día se habría de llegar a ser.

Argentina se coronaba en el continente americano pero el mundo parecía una cima demasiado elevada como para, tan siquiera, pensarlo, una idea que hubo de grabarse en la mente de los suyos de la forma más dolorosa, como la letra de esos tangos que languidecen en las barras de un bar, acompañados de aquel que escucha sus penas: a la estocada inicial de Uruguay en el primer campeonato del mundo donde Argentina tomaría parte (1930), plantándose en la final para hincar la rodilla en el clásico del Río de la Plata, pasando por una rapidísima eliminación cuatro años más tarde y un vil destierro de los tres siguientes mundiales hasta que Suecia 58 le abrió de nuevo sus puertas para ver triunfar al que acabaría convirtiéndose, históricamente en el gran rival de la albiceleste por el trono futbolístico planetario:Brasil.

“Tengo que decirlo, no puedo evitarlo: a fuerza de golpes se aprende a vivir. Si en tantas caídas fui barranca abajo, también en la vida aprendí a reír”.

Y es que si en buena parte las heridas y cicatrices dan identidad al guerrero, a la albiceleste aún le quedaban tiempos de arder en las forjas de su particular leyenda. Tras el mal papel en Suecia 58, Chile 62 e Inglaterra 66; la no clasificación para México 70 y el pobre papel desarrollado en Alemania 74, al fin llegaría su gran momento. El país con capital en Buenos Aires era designado para dar cabida a su primera cita mundialista, algo que provocó el rechazo desde varios sectores, debido a la dictadura militar que se había instaurado en el año 76 y a la violación de los derechos humanos, lo que si bien no supuso la retirada de ninguna selección sí lo hizo de alguno de esos jugadores que daban lustre al campeonato, como Johan Cruyff. Más allá de las circunstancias sociales y políticas que envolvían al evento, lo que sí parecía seguro, a tenor de lo visto en los anteriores campeonatos del mundo, era que la anfitriona, única y exclusivamente iba a ejercer de eso, una idea que si bien podía existir en la mente de muchos, no lo hizo en la de la albiceleste.

César Luis Menotti, el punto de inflexión

“Uno busca, lleno de esperanzas, el camino que los sueños prometieron a sus ansias… Sabe que la lucha es cruel y es mucha, pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina…”.

Con él llegarían a la albiceleste jugadores como Passarella o Kempes

Y fe, precisamente, no le faltó a Argentina en sí misma ni en sus posibilidades. La llegada de César Luis Menotti, tomando los mando de la albiceleste, sería el primer paso para el cambio, el punto de inflexión, el antes y el después, el inicio de la leyenda. Con aires renovados y jugadores de la talla de Passarella, Fillol, Tarantini o el mismísimo Kempes, llegaría la blanca y celeste al campeonato del mundo, su campeonato del mundo. Encuadrada en el grupo A, junto a Italia, Francia y Hungría, la anfitriona arrancaría de la peor manera posible, encajando un gol del combinado húngaro a los diez minutos de partido.

No obstante, tirando de esa casta tan propia de los argentinos, la selección que por aquel entonces entrenaba Lajos Baroti vio cómo la gaucha le remontaba, gracias a los tantos de Luque, tan sólo cinco minutos después, y Bertoni, al borde de la finalización (minuto 83). Algo más complicado resultaría, incluso, el segundo duelo ante la Francia de un jovencísimo Platini. A pesar de anotar el primer tanto del encuentro, por mediación de una pena máxima bien ejecutada por Passarella, el que hoy ostenta el cargo de presidente de la UEFA anotaría el empate a uno con una hora de partido cumplida; una balanza que acabaría decantándose finalmente con el postrero e importantísimo gol de Luque, en el 73.

“Si arrastré por este mundo la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser. Bajo el ala del sombrero cuantas veces, embozada, una lágrima asomada yo no pude contener…”.

Ni lágrimas ni vergüenza pero empatado a puntos, con las mismas victorias y sólo distinto número de goles, Italia y Argentina llegaban a la última jornada de la fase de grupos con todo en el aire. El solitario tanto de Battega en el minuto 67 le resultaría suficiente a la azurra para liderar el grupo y pasar a la siguiente ronda en el mismo saco que Alemania Federal, Austria y los Países Bajos. Argentina, por su parte, lo hizo como segunda, junto a Brasil, Perú y Polonia.

Controversia en la semifinal

“Para ti van mis canciones impregnadas de franqueza, que refleja en su nobleza acuarelas de arrabal. Arrabal de mis andanzas, barrio feliz de mi rango, yo te brindo en este tango mi homenaje más cordial”.

Homenaje que quiso darle la albiceleste a su gente en la firmeza con la que se iniciaba la andadura hacia aquel momento mágico, sueño en las cunas de todo muchacho argentino. Inauguró el combinado anfitrión la última ronda ante Polonia con una cómoda victoria por 2-0, merced el doblete anotado por Mario Kempes. Un perfecto inicio que conducía a lo que hoy se consideraría como una final anticipada: Argentina se veía las caras con Brasil en un encuentro donde sólo faltó el gol, certificando un empate a cero que dejaba todo pendiente de la última jornada y sólo a Perú fuera de la pugna por la clasificación a la gran final. Con tres puntos en el casillero de la blanca y celeste y otros tres en la de la verde amarelha, sólo la diferencia de goles se decantaba por los brasileños. Por su parte, Polonia era la tercera en discordia con dos puntos pero con posibilidades, si el azar lo deseaba, de verse en el Estadio Monumental de Buenos Aires en aquel glorioso 25 de junio de 1978.

Argentina necesitaba ganar por 4 goles de diferencia; lo hizo por 6

“Dejá que sigan diciendo, que hablen y critiquen todo el amor que yo te doy. Dejá… no sigas llorando, no sigas sufriendo… es porque no saben lo que es el amor”.

Amor, idilio con la ansiada final y un anhelo incontenible por acudir a su cita con la gloria. Todo eso había guiado a Argentina en una segunda fase no exenta, en su postrero tramo, de críticas y polémica sobre la figura de la albiceleste. Disputado el duelo de Brasil ante Polonia y certificado el triunfo de la canarinha, las únicas opciones de Argentina pasaban por, no sólo vencer a Perú, sino marcar más de cuatro goles de diferencia, habida cuenta de que el triunfo le haría empatar con los brasileños y sólo el gol averaje (de +5 para el combinado carioca) se convertiría en el factor determinante. Argentina había de medirse a la ‘cenicienta’ del grupo, ya sin opciones de nada, pero si bien el triunfo se presumía como un objetivo tangible, la diferencia de goles exigida parecía una utopía. Parecía. Porque la albiceleste goleó al combinado peruano por un 6-0 que le tendió la alfombra roja a la final de su país, una gesta que no estuvo en absoluto extena de controversia. No fueron pocos los que hablaron en aquel entonces de soborno a la selección de Perú o, más adelante, en nuevas investigaciones, de un acuerdo entre la dictadura argentina y el gobierno peruano por certificar el pase de la albiceleste a la final, la segunda que disputaría, esta vez ante los Países Bajos, que se habían impuesto en el otro grupo sobre Italia, Alemania Federal y Austria.

Buenos Aires, capital del mundo

“Sólo quedamos yo y vos, hermano de antes, solo yo y vos y el perfume del recuerdo… Y el viejo coche con su trote lerdo ya no alcanza la esquina del pasado…”.

Y sólo quedaban ellos dos: Argentina y unos Países Bajos que hubieron de prescindir de Cruyff tras su marcha antes del inicio del Mundial, en absoluto conforme con disputar en el país argentino la competición mundialista, aunque, visto quedaba, la ‘oranje’ no se había resentido de tan magnánima ausencia. La final ofreció al mundo un espectáculo más allá de discusiones y controversias, más allá de rumores y conspiraciones, haciendo que el deporte rey lo engullera todo bajo su grandeza.

Los goles de Kempes habían servido como luz guía para la albiceleste en la tenebrosa senda hacia la final y una vez alcanzado su destino, no abandonaron su cometido, estallando de nuevo en fulgores con el primer tanto del encuentro en el minuto 38. El tiempo se paralizaba en un instante mágico de gloria, el momento en el que la pluma de la particular historia argentina se posaba sobre un papel para trazar con su tinta de oro una leyenda sin marcha atrás. Pero toda gesta adquiere grandeza cuanto mayor es la dificultad y en eso estuvo Dirk Nanniga para devolver el equilibrio en la pugna por el trono mundial, un equilibrio que se prolongó hasta el pitido final y que exigió de un esfuerzo extra para la concretar la conquista. Y esta llegó.

“Tengo un fusil de flores y canciones, primavera en mi pecho florecido; yo no quiero morir, quiero la vida, la vida para mí, para mi amigo. Soldado antiguo, firme y sereno, enseñando a respetar y respetando lo ajeno”.

Y aquella noche, Argentina se ganó el respeto del planeta fútbol, hermanó su gente, a los suyos; haciéndolos amigos, dueños de un momento histórico. No se había nadado para morir en la orilla y con más de 100 minutos de sudor derramado por el escenario de los más amargos tangos y las más perseverantes batallas, apareció otra vez él, Kempes, rubricando su sexto gol en el campeonato, aquel que le valdría para erigirse como máximo artillero de la Copa del Mundo y regalarle a los suyos el ansiado trofeo en la primera final que se decidía en la prórroga, señal de tantas cosas y recompensas a otras tantas.

Bertoni llegó diez minutos después, como un necesario refuerzo a aquel soldado sereno para establecer el definitivo 3-1. Argentina era campeona del mundo, la albiceleste grababa su nombre sobre un trono que, sentada o de pie, ya nunca volvería a sentir ajeno.

Mundial 86: la coronación de Maradona

“Hallé tu gente caminando por la vida. Por el rumbo que le marca la esperanza, y comprendí que tu gente era mi pueblo, con paso firme caminando hacia el mañana”.

Un mañana por escribir tras un pasado con un dudoso sustento. A la era de César Luis Menotti la siguió la de Bilardo. A pesar de los recelos y la corriente contraria a la dirección de Carlos Salvador Bilardo, que lograba una ajustada clasificación de la albiceleste para el Mundial de México 86, el técnico argentino fue fiel a su propio estilo y se buscó en un tal Diego Armando Maradona a su mejor aliado.

“Las cosas se dieron vuelta, yo no ví la puerta abierta y aquel intento fue un instante que fugaz como un amante se escapó y no me dí cuenta; con el tiempo pude ver que la convicción no hay que perder”.

Y con convicción hacia ese nuevo intento volvería la gran cita del fútbol. La XIII edición mundialista se caracterizó por algunos significativos cambios como la modificación de la segunda ronda, que pasó de ser una fase de grupos a retomar el viejo sistema de eliminación directa que había persistido hasta el 74, añadiendo -eso sí- la ronda de octavos de final, como consecuencia al mayor número de selecciones que se presentaban. Además, de la fase de grupos inicial se clasificarían también los cuatro mejores terceros. Poco dispuesta a ser una de ellas, la blanca y celeste arrancó su participación con un contundente triunfo ante Corea (3-1), merced al doblete anotado por Jorge Valdano y tanto de Ruggeri, ante los que de nada serviría el gol del honor de Park. Un vibrante empate ante Italia (1-1, tantos de Altobelli de penalti y -quién si no-, Maradona) y la postrera victoria frente a Bulgaria (2-0, con tantos de Valdano y Burruchaga), le concedían a Argentina el liderato del grupo A.

Argentina tomó debida revancha sobre Uruguay

“El pasado me hace sonreír al pensar en lo ingenuo que fui; siempre ha sido un eterno fingir el cariño de tu alma hacia mí. El olvido me ha curado ya; en mi pecho no existe tu altar, y esperando mi venganza está que, en vez de reír, tendrás que llorar”.

Bien hubiera podido ser lo que Argentina le gritase a Uruguay. Clavado aún en el corazón albiceleste la derrota en el primer Mundial celebrado, aquel en el que la amante del tango ya tomaba lugar, los intrínsecos laberintos del fútbol, justos a la corta o a la larga, le concedieron a Argentina el placer de la venganza. No vendieron barata la capitulación los uruguayos pero el solitario gol de Pasculli fue suficiente para dejar al rival platense en el camino y ascender un peldaño en la reafirmación de la gloria que ya se alcanzase ocho años atrás.

“Jazmines todos iguales que el amor plantó en rivales y allá los ojos de cielo, los culpables de aquel duelo”.

Y si de venganzas y viejos sentimientos anidados en lo más profundo se trataba, la rivalidad existente entre Argentina e Inglaterra, daba para algo mucho más elevado que la victoria y la eliminación. Aquel duelo exigía historia, una impronta imborrable, un recuerdo eterno que persistiera para siempre y Diego Armando Maradona lo concedió. El primero de los dos tantos que anotó el argentino fue el denominado ‘La Mano de Dios’ pero aquello no fue suficiente y cuatro minutos después, el Pelusa elevaría aún más el mito de la albiceleste ante sus rivales ingleses con ‘El gol del siglo’, marcas imborrables, perpetuas y legendarias de la historia del balompié mundial. El tanto de Gary Lineker en el 81 no sería sino el grito de rabia del que siendo parte afortunada en el desarrollo del mito, lo sufre en sus carnes cual víctima al verdugo.

 

La albiceleste retomó el trono ocho años después

“Si no, que se fijen en toda la historia del tango malevo y después dirán si en alguna parte de toda la Tierra hay quien nos iguale; esa es la verdad”.

La verdad y el objetivo de Argentina como combinado futbolístico: convertirse en una nación inigualable. Sólo restaban dos pasos más para repetir la proeza de alzarle al mundo la copa de los campeones en un torneo que, lejos de las controversias del primero, Argentina estaba acicalando a base de excelsas actuaciones y golpes de historia. Bélgica fue el último escollo hacia la final en un partido que despachó sin mayores dificultades el que para muchos es, fue y será el mejor jugador de la historia del balompié, Diego Armando Maradona, con sus dos goles. Y con el postrero triunfo llegaría el gran momento, ese que focaliza la atención del planeta sobre un escenario rectangular, de muda contención y ensordecido clamor, un escenario donde ya aguardaba Alemania Federal, bicampeona hasta la fecha.

“Caballeros del juego hay que ser, al campo a salir con fe y con valor, adversarios que van a ofrecer en brega gentil ejemplo y vigor. La confianza y la inspiración del amor a una institución ha de darnos aliento y hacer que el esfuerzo corone de gloria un campeón”.

Como campeona resultó la albicelete tras el encuentro que la midió con los germanos. El partido entre los dos combinados ofreció todo aquello que puede desear un aficionado al fútbol, aunque para quienes fuesen parte interesada, los sobresaltos y sentimientos en sus más alejados extremos, estarían asegurados. El tanto de Brown adelantaba a Argentina con tan solo 23 minutos de tiempo disputado para que Valdano ampliase distancias en una segunda parte de infarto (minuto 55). Rummenigge recortaba distancias en el 74 y Voller hacía enmudecer al Estadio Azteca (Ciudad de México) con un tanto en el minuto 80 que si bien pudo hundir la moral argentina, no hizo sino conjurarla en un objetivo común.

“Horas de ayer, que son de recuerdo, horas de ilusión, que no volverán, loca juventud, que ya no revives, sueños que palpitan, en su ardiente afán”. 

Las horas del ayer le hicieron recordar a Maradona y compañía la intensidad de un anhelo alcanzado por fin; las horas de ilusión no volverían una vez finalizado el partido; la locura de la juventud daría paso a la nostalgia del viejo y la corona, una vez más, sólo sería un afán. Suficiente para negarse, para rechazarlo y para verter la última gota de sudor en la conquista del mundo. El gol de Burrachaga en el 83 conglomeraba en el efímero momento de cruzar la línea de la portería el sentimiento de una nación entera, el respiro aliviado de lo contenido, el punto y final al sufrimiento y el estallido de la ovación por el espectáculo que la campeona del mundo, bicampeona ya, había ofrecido en un Mundial para el recuerdo.
Decía Jorge Valdano en una entrevista que el fútbol argentino le debía mucho a Menotti y Maradona, pues el primero, lo dignificó desde la palabra, mientras que el segundo, lo hizo desde la acción. Sin duda, uno y otro son hoy nombres indiscutibles e indispensables del aura ganadora que envuelve siempre al combinado albiceleste.
“Descreído, indiferente; insensible, todo niego; para mí la vida es juego de ganar o de perder”.
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