Aquellas pequeñas cosas…

Fuerte presión de Luis Suárez, que acaba por el suelo, derribado, dejando el balón libre a su compañero, Lionel Messi, que asiste hacia la izquierda para dejar prácticamente solo a Neymar, que con un sutil amago, consigue hacer caer a Neuer y engañar su trayectoria con un disparo raso que se cuela entre el cuerpo del meta y el césped. Gol. Todos celebran, todos corren, todos saben que se ha acabado esa ‘primera parte’ de las semifinales. Y que el Barça la ha ganado. Todos, incluso él, lo saben. Todos los culés, menos él, celebran.

Cuando le vi, ahí, cabizbajo, no me cuadraba nada. Un jugador del Barcelona, quizá uno de sus mejores alumnos, corría a abrazar al compañero que acababa de marcar gol para su equipo, aprovechadno un gran pase suyo. Era el tercero del Barça, pero todo se hacía extraño. Y es que los culés corrían, extasiados, sobre el césped, a celebrar el tanto, pero Pep Guardiola, cabizbajo, estaba contrariado. No corría, no celebraba, lógicamente, por otra parte, pero me era extraño. Y no porque fuera técnico del equipo rival. No porque las formas se deben conservar y hoy por hoy no es ya culé de cara al exterior. A pesar de que todo lo que no hubiera sido ese taciturno gesto se hubiera entendido como un ridículo y un insulto a los colores que hoy representa en Múnich, todo era raro.

Al Barcelona le separan exactamente los mismos 90 minutos de tres objetivos muy distintos. Final de Copa del Rey, últimos tres puntos necesarios de Liga BBVA y vuelta de la semifinal de la Champions League, para poder meterse en la ansiada final de Berlin el próximo 6 de mayo. Y es que hace unos meses, pocos hubieran podido suponer tan altas metas en espacio tan reducido de tiempo y con tantas posibilidades. Todo puede pasar y ninguno de los tres objetivos es seguro, pero el Barça ha conseguido conectar con una esencia que bebió hace ya años: el hambre.

Tercamente, buscamos comparar épocas y figuras como si fuésemos capaces de demostrar la supremacía de lo actual.

Pocas cosas mejores que el hambre se le pueden agradecer tanto a un solo hmbre en la historia reciente del FC Barcelona. Si algo hizo Josep Guardiola cuando decidió aceptar el reto y decir que sí a ponerse delante del primer equipo y escudo que le había formado y hecho crecer durante tantos años, fue hacer entrar el hambre al equipo. Y ese hambre era difícil de conseguir. El equipo hasta entonces entrenado por Rijkaard había dejado grandísimos años de fútbol y goles, con títulos memorables, como la final de París, o partidos de exhibición y entrega, como el famoso 1-3 frente al Real Madrid, en el que Ronaldinho se coronó figura máxima del panorama mundial. ¿Cómo volver a ese equipo ganador de nuevo?, ¿cómo rescatar de sus piernas y mentes cansadas por tantas victorias y halagos, el fútbol que sabían y debían demostrar?. Guardiola supo cómo hacerlo.

Y Guardiola lo ha vuelto a hacer. Con un Bayern de Múnich que después de ganarlo todo ha vuelto a conseguir ser un equipo de talla mundial solo dos años más tarde. Dos años consecutivos en semifinales de Champions League, dos ligas consecutivas y varios partidos para el recuerdo. Ahora sí, cualquier comparación es ridícula si el oponente es ese equipo y rendimiento que consiguió formar Jupp Heynckes. Como sería difícil si nos ponemos exquisitos, comparar cualquier logro actual con los que consiguiera el de Santpedor en su etapa culé… razonablemente imposible.

Tercamente, buscamos comparar épocas y figuras como si fuésemos capaces de demostrar la supremacía de lo actual. Olvidando lo fundamental: todo lo que se ve hoy se trabajó ayer. Y en el ayer del hambre de este equipo surge como el ave Fénix la figura del hoy entrenador del conjunto bávaro. Guardiola puso esas piedras que hoy hacen brillar al Barcelona. Fuera de comparaciones vanas entre estilos y equipos, la del Barcelona es la estructura ideada, montada y supervisada en años por un Guardiola que supo ver en Piqué su ‘káiser’ particular; que consiguió reconocer en Busquets su ‘alter ego’ actual, capaz de corregir y llevar al campo cada capricho del entrenador; en Messi, su maradona, su as en la manga… su jugador comodín. Y no se quda ahí. Supo ser terco y apostar por porteros con ganas de ser liberos, por laterales/extremos, por jugadores inteligentes, bajitos y trabajadores. Por extremos que hicieran a veces de laterales, por laterales que fueran a veces interiores o incluso mediocentros. Todo eso, no lo inventó Guardiola, pero nos enseñó a muchos que no era tan raro si servía para ganar, para luchar o para divertir.

Como reza la canción de mi adorado Serrat, “son aquellas pequeñas cosas” que nos dejó Guardiola. Nos las enseñó a ver sin criticar, nos enseñó a comprender su idea de juego, a tener paciencia, a valorar el esférico, a comprender una arrancada del mejor del equipo, a entender que el último jugador se la juegue en corto para el portero… Recordad esos días en los que todo esto era de locos. En los que el portero comenzó a sacar en corto. En los que el ariete a veces era Piqué o Márquez… en los que la jugada era iniciada por ese ‘loco’ con el 10, que había merendado clases con ‘Ronnie’ y con Deco, pasando de extremo a mediapunta, pasando de la banda al ‘falso 9’. Guardiola no es el inventor del fútbol. No lo es. Pero sí que es el causante de lo que hoy en día ha podido ser y fue, el Barça. Desconozco si otro lo habría podido hacer, supongo que tú, querido lector, tampoco. Si era fácil o no ganar con ese equipazo. Si esta labor no solo fue suya, sino también de Tito o cualquiera de sus asistentes. Pero… fue él, estaba él. De tercera división, pasó a la Champions League y nos regaló todo ese aprendizaje. Aplaudamos, pues, ya que lo que ganemos hoy, nos lo regalaron ayer.

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