Una noche en la vida de Grzegorz Krychowiak*

Para Grzegorz Krychowiak, el 27 de Mayo era un día especial. Despertó con una sonrisa en la boca, en el corazón de su querida Polonia. Es cierto que Varsovia queda a casi 500 kilómetros de su Gryfice natal, pero él se sentía como en casa. El personal del hotel de concentración le saludaba con una sonrisa algo tímida en la cara y le dedicaba unas palabras de ánimo, e incluso algún niño le paraba para hacerse una foto con él. La “guasa” de sus compañeros de equipo y la seriedad y concentración del cuerpo técnico contrastaban con el estado etéreo en el que se encontraba Grzegorz. Tenía que ser su noche.

A la llegada al estadio, las imágenes se repetían. Una masa roja llevaba al equipo en volandas, pero una pequeña aunque irreductible sección le cantaba a él, a Krychowiak. Habían venido a verle. En el calentamiento previo al encuentro, el bueno de Gregorio se acercó al lateral donde estaban las localidades de su familia y sus amigos de toda la vida. Según le decían, había venido casi todo el barrio, 900 personas. Se le encogió el corazón. Entre las palabras de ánimo que le dedicaron todos, uno de sus más fieles compañeros se puso serio por un instante y le pidió que se acercara para comentarle algo al oído. Había venido Gertrudis.

A nuestro protagonista se le paró el pulso. No se lo podía creer. La chica que le gustaba en el instituto y a la que no veía desde que con 16 años Francia y el fútbol profesional llamaran a su puerta y le hicieran elegir. Por un momento se quedó pálido, y regresó con el resto del equipo sin mediar una palabra. Los minutos restantes se le pasaron volando. Sólo se preguntaba qué debía hacer. ¿Le diría algo? ¿Sería capaz de impresionarla? Con los nervios, llegó la ininteligible charla de Unai y casi sin darse cuenta se encontró en el césped con el himno de la UEL resonando en su cabeza. Mirando hacia el lateral, la divisó entre la multitud, e incluso las cámaras captaron como no pudo contenerse y le lanzó un saludo. Sus amigos ya le bombardeaban el Whatsapp diciéndole “Baja el ritmo, tío”, o “Que se acerque ella”.

Pero poder ver a Gertrudis era lo único que necesitaba Grzegorz para empezar enchufado el partido. Nada puede salir mal, se repetía. Y así arrancó el partido, sintiéndose y siendo absolutamente dominador, estando por encima. Sin embargo, aquellos molestos ucranianos parecían no querer dejarle que se divirtiera. Presionaban con dientes en los tobillos, iban al choque y se ordenaban como una colmena. Era complicado avanzar. Para colmo, y a pesar de que Krychowiak sentía que estaban siendo netamente superiores, un balón largo, prolongación, centro y gol de los de azul.

A cualquier otro se le habría venido el mundo encima. Al bueno de Gregorio, quizás en otra ocasión también. Pero no aquella noche. No con Gertrudis y toda su nación mirando. Recogió el balón de la red y maldijo tres veces en polaco a voz en grito. “¡Goyo! ¡Goyo!” le girtaba Unai desde la banda, y ejecutó dos pasos de baile, un tirabuzón y tres giros de 360º con los brazos que venían a significar “Esto me lo ganas tú”. Krycho, pulgar en alto y con su irresistible sonrisa nórdica, le contestó “tranqui, míster”, y se hizo dueño del partido.

Pidió calma a sus compañeros, y se situó exactamente en su sitio del sistema que Emery había construido para él. Escoltado por Carriço en el centro de la zaga y con Mbia y Kolo haciendo de falsos laterales, Aleix y Tremoulinas fijaban las bandas y Vitolo, pero sobre todo Banega y Reyes tenían libertad para hacer magia por el medio, dejando a Bacca lo de enchufarlas que se le da muy bien. De esta forma, el Sevilla se erigía en un gigante bicéfalo cuyos enormes brazos se cerraban en torno al delantero colombiano, y cuyo primer cerebro era Krychowiak. Desde ahí, con tranquilidad, el polaco devolvió al Sevilla la superioridad que le otorgaban las apuestas, y no contento con estó se dedicó a cortocircuitar cada salida del Dnipro, y lo que es más importante, a convertirse en héroe. La tuvo una vez, de cabeza, pero el soberbio Boyko se la sacó. Grzegorz masculló con rabia. A él no le habían enseñado a perdonar. Y la siguiente que le cayó fue para adentro. Sin estética pero con calma, mucha calma, como es él. Y de ahí a la gloria del sevillismo.

Los siguientes minutos fueron una simple confirmación de la tendencia que ya había iniciado Krychowiak, que se desplazaba ahora eufórico desde un confín al otro del campo demostrando en manos de quién estaba todo. Por mucho que amenazara Konoplyanka no había nada que hacer. Gregorio había decidido. Cuando el árbitro se dio cuenta de este hecho pitó el final, el Sevilla había hecho historia y Krychowiak había cumplido, con creces, el papel que el destino le había reservado para esa noche. Se acercó a su grada particular para festejar la victoria con los suyos, y entre la marabunta de euforia polaca le pareció divisar como la bella Gertrudis le guiñaba un ojo. Al recoger su medalla, con el pelo aún perfectamente engominado y su irresistible sonrisa brillando, Grzegorz Krychowiak parecía la persona más feliz del mundo. Nuestras fuentes no han sabido confirmarnos si el joven polaco consiguió conquistar a su amada, pero lo que es seguro es que en los próximos 3 meses le van a salir muchas, muchas novias.

*(ADVERTENCIA: Puede que más del 80% de este texto sea sólo ficción)

Krychowiak

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