Aduriz en las Termópilas

Sí, probablemente se trate del recurso histórico más sobreexplotado de todos los tiempos, pero viendo a once cachorros de rojo y de blanco hacer frente a un ejército que les sobrepasa a priori en todos los aspectos imaginables, a uno lo primero que se le viene a la cabeza es un puñado de helenos blandiendo sus escudos en el angosto desfiladero de las Termópilas. Dados por muertos quizá antes incluso de comparecer en el campo de batalla, sólo un acto de suprema valentía puede superar a la lógica y a las apuestas que vaticinan, como ya hiciera el Oráculo de Delfos, tragedia para los osados guerreros. Al frente de la comitiva, Aduriz I, curtido en mil batallas pero en ninguna final. A sus 34 años, y sorprendentemente derrochando aún fútbol por todos los poros, le llega la hora de escribir su pequeña aportación a la Historia.

La disputa por el Reinado de las Copas

Porque de Historia está cargado este Athletic-Barcelona, quizá más que ningún otro duelo en el balompié nacional. 50 (¡50!) Copas sobre la mesa, muchas finales en la memoria, algunas de ellas más que recientes, y el honor, el recuerdo y la ilusión en juego. Los guipuzkoanos, mientras se ponen las botas o enfundan sus sables, recuerdan las historias, lejanas para ellos, que les contaban los sabios del lugar. Historias sobre una Gabarra y seres mitológicos que campeonaban allá donde alcanzaba su chut, nombres ilustres de honrados gladiadores que elevaron el nombre de Bilbao a las páginas de Heródoto y sus homólogos, que las narraban admirados. Pero Aduriz, que de fútbol sabe un rato, es consciente de que la realidad no es tan bonita como la pintan en los cuadros, y que si quieren salir vivos de esta no hay mejor escapatoria que plantar una emboscada.

Y así, con 26 goles este curso – se dice pronto – refrendando su labor, Aduriz será, como rey agíada, la punta de lanza en una trampa bilbaína que pretende ser mortal. El único problema reside en que el arma más letal, la vertiente más dañina del cuadro de Valverde, reside en la presión. Una presión asfixiante, un derroche de adrenalina y sudor que haga parecer las Termópilas una amplia pradera en comparación con el Nou Camp, pero una presión que los blaugranas ya han demostrado que son capaces de superar. Fue en el encuentro de Liga, en San Mamés. Los leones mordían allí donde les alcanzaba el aliento, y parecía cuestión de tiempo que un pase fallara, que un control se desviara, para que la tromba rojiblanca se precipitara sobre Bravo y le hiciera sufrir. Pero no fue así. El Barcelona aguantó el chaparrón y calmó las aguas, supo salir indemne e impuso su juego y sus goles, y en Bilbao muchos quedaron desorientados.

El Athletic de Valverde es a estas alturas un equipo más competitivo

Esto no quiere decir que la suma de esos factores deba dar hoy el mismo resultado. Empezando porque el Athletic es hoy día un equipo distinto. El estado de forma del triángulo San José – Rico – Beñat en el medio campo ha relanzado la dinámica competitiva de un equipo que en invierno parecía desnortado, y aunque siga sin ser un conjunto que brille por un juego deslumbrante, las victorias y los puntos han ido llegando. Además, la aparición de la temporada, el cachorro Iñaki Williams, se ha convertido en el escudero perfecto del capitán Aduriz. A su infinita verticalidad suma un trabajo sin balón algo bruto pero sincero, y su puñal en el costado izquierdo puede ser letal para el sector Alves-Piqué, o al menos abrir el camino para que sentencie su compañero Aritz.

Por tanto hay esperanza para el joven ejército, que en este caso es invasor en Barcelona, para salir victorioso de la batalla entre las batallas, y devolver el esplendor y la esperanza a una ciudad que tiembla ante los temibles catalo-persas. Como Leónidas, Aduriz comandará un ejército que nació guerrero por nacer donde ha nacido, pero que no necesariamente está curtido en la batalla y deberá ganarse el respeto de una nación. Aritz, eterno olvidado de la Selección, tendrá en sus manos el que puede ser el último billete al mausoleo de los semidioses. Después de gravitar en torno a él todo el juego del equipo durante muchos meses, a Aduriz se le pide que de un paso más.  Por su enorme grandeza, se le ha llegado a recriminar que no aparezca en “partidos importantes”. “Como si no lo fueran todos”, piensa Aritz, mientras limpia sus botas de sangre pensando en el próximo rival. Será, sin duda, el más difícil todavía, pero para Aduriz, como para el resto de sus compañeros, no hay escenario más bonito que la batalla. Y mucho menos si se da en las Termópilas.

Aduriz

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