Cuando la rutina se convierte en amor

Es difícil que un amor dure toda la vida, más en este mundo estresante y de modas pasajeras en el que vivimos. Con el paso del tiempo, en muchos casos, la relación se convierte en una rutina. Se comienzan a percibir las situaciones como previsibles y mecánicas, los días pasan sin que nada nuevo suceda, perdiendo aquel encanto y magia que se solía sentir por la otra persona. Muchos son los que han intentado encontrar soluciones, reinventándose cuando la monotonía atenazaba con fuerza, intentando mantener viva la llama, pero ninguno ha dado con la fórmula infalible de convertir la rutina en amor como Steven Gerrard.

Steven lleva toda la vida con la misma pareja. Siempre vistiendo la misma camiseta roja, los mismos pantalones rojos, encontrándose siempre en el mismo lugar, y con la misma melodía de fondo, el “You’ll never walk alone”. Son noventa minutos cada quince días, pero suficientes, muy intensos. Los dos intentan dar lo mejor de sí en cada cita, como si fuera el primer día, con la misma magia e ilusión, sintiendo aquel cosquilleo en la barriga que no te deja dormir en la víspera. Pasan los años y nunca se cansan, sino todo lo contrario. Cada vez se sienten más a gusto y se conocen mejor, remando siempre hacia la misma dirección. Sus corazones laten al unísono, el aliento de uno, es la fuerza del otro.  Tras diecisiete años, ¿esto es rutina? No, esto es amor.

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Un amor que nació en un frío mes de noviembre de 1998. El joven Steven Gerrard no se perdía ni un partido del Liverpool. Era jugador del equipo juvenil, pero sobretodo un gran aficionado red. Aquel 29 de noviembre, el Liverpool jugaba contra el Blackburn Rovers y el pequeño Steven dejó la bufanda y el gorro en la grada, y saltó al campo sustituyendo a Heggem en el ochenta y nueve. Fueron minutos, quizás segundos, pero bastantes como para entrar en sintonía, para hacer realidad un sueño. Lo que nadie sabía, y menos él, es que aquel encuentro precoz sería el comienzo de una bonita historia de amor.

“El Liverpool se convirtió en mi vida, en mi mundo”.

Con el paso de los años, la relación se fue consolidando. La seguridad era total, dejando la timidez y las dudas atrás.  Jugaba desatado, se colocaba en la sala de máquinas y pedía el balón en cada jugada. Así lo quería Anfield y para Steven era un goce.

En la campaña 2000/2001, con 23 años, vivió un año de oro, conquistando La FA Cup, la Copa de la Liga y la Copa de la UEFA, en una final en la que Steven marcó el segundo gol de su equipo en la victoria por 5-4 en la final frente al Alavés. Aquel mismo año Hyppya le cedía la capitanía, y los propietarios del club, al darse cuenta del tremendo potencial, lo renovaron por cuatro años. El chico estaba en una nube, y  la relación radiaba en felicidad.

Pero llegaron las “otras” y la relación se tensó. Cantos de sirena retumbaban en los oídos de Steven Gerrard. Y sí, dudó y la relación pasó por momentos críticos. Tenía medio de perder la oportunidad de su vida, de volver a experimentar sensaciones que quizás ya no sentía con tanta intensidad, pero no fue capaz de dar el paso.

No pudo decidir mejor, ya que los episodios más dulces de la relación estaban por llegar.  Poco se puede añadir sobre aquella increíble y asombrosa noche en Estambul. Ver que la orejona pertenecía a su gente, ver llorar a aficionados mayores vencidos por la emoción, ver a padres levantar orgullosos a sus hijos, ver disfrutar a una afición de un momento que valía toda una vida, no hacían más que fortalecer los lazos que los unían, conquistando sus corazones para la eternidad.

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Y es que con Benítez Gerrard creció. Se adueñó de la media punta, con Masherano y Xabi Alonso de escuderos. El equipo se construyó a su alrededor, y el Liverpool volvió a ser uno de los grandes de Europa. Disputó finales europeas y rendía a gran nivel en el campeonato doméstico. Pero el técnico español se marchó y el vacío que dejó fue tremendo. Muchos años fueron los que los reds deambularon por el desierto, de hecho, el club aún no ha dado con la tecla, y no logra formar un equipo capaz de luchar por todo (pero esta cuestión da para otro artículo).

Lo cierto es que Gerrard ha ido retrasando su posición. De enganche detrás del delantero a pivote defensivo. La cuestión es reinventarse y mantener viva la llama. Ha perdido en explosividad y velocidad, y ha ganado en equilibrio y salida de balón. Pero lo que nunca ha dejado de hacer es ejercer orgullosamente de líder eterno del equipo de sus sueños.

Pero el episodio más emotivo de la relación sucedió el pasado 16 de mayo. Gerrard no se va por falta de amor, más bien lo contrario. Exigente consigo mismo como el que más, sabía que no podía dar todo lo que Anfield necesitaba y con todo el dolor de su alma decidió dar por terminada la relación, al menos provisionalmente. No existía mejor manera de eternizar la relación que alejarse cuando los vínculos permanecían intactos.

Tras 17 temporadas y más de 700 partidos en el club, el legendario mediocampista disputó su último encuentro hace apenas quince días. Anfield homenajeó al principio y al final. Luciendo sus mejores sonrisas y realizando sus mejores cánticos. Disfrutó por última vez de aquellos desplazamientos precisos de 30 metros al pie del compañero. El estadio lloró, cantó y se emocionó, y los ojos del jugador inglés brillaron como pocas veces. El chico que ha enamorado a miles de personas se despidió. Mucho sentimiento que nadie pudo reprimir. No se marcha un futbolista cualquiera. Se marcha una leyenda. Un tipo que ha marcado una época, que nunca se ha borrado, y que ha lucido como pocos el romántico brazalete de capitán vistiendo los colores del Liverpool. Se marcha en el momento justo porqué así el recuerdo será el mejor y la relación, reinventándose de nuevo, perdurará eternamente.

Cuando esté moribundo, no me lleven al hospital; llévenme a Anfield. Ahí nací, y ahí moriré.

Seguramente, si hubiese aceptado alguna oferta mareante cuando se le presentó, habría ganado más títulos y dinero, pero prefirió ser fiel a su amor. La grandeza no es solo palmarés. La grandeza también es representar dignamente a la gente que te alienta y corea tu nombre cada fin de semana durante muchos años, y marcharse de la manera que él lo ha hecho. Hay quienes piensan que en el fútbol, esto es de ingenuos y perdedores. Yo creo que esta clase de jugador y sus increíbles historias son y hacen el fútbol.

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