Confiar en un salvaje

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Decía el afamado escritor y periodista norteamericano Ernest Hemmingway que la mejor forma de averiguar si puedes confiar en alguien es confiar en él, y afirmaba, por su parte, su contemporáneo William Faulkner que se puede confiar en las personas malas, pues éstas jamás cambian. La pregunta que envuelve el guión de este texto es sencilla, ¿hasta qué punto es sabio confiar en un salvaje? ¿Quién le daría las llaves de su tierra, de sus bienes y de su gente a quien muchos consideran un loco, una bala perdida? La historia de Carlitos Tévez es la de tantos otros suicidas que siempre tuvieron a su lado alguien dispuesto a jugar a la ruleta rusa, a volver a probar. La fábula del Apache es tan turbulenta como la leyenda que cubre su rostro, y tiene en Allegri, Turín y su Juventus al último escudero que tuvo fe en el caballero y sus molinos y le juró lealtad y devoción ante los dioses. Carlos, a cambio, les prometió una ínsula en Berlín, un sueño tan bonito como irrealizable con orejas y hecho de metal, volver, incluso, a ser juntos los Reyes de Europa.

Carlos Tévez es hoy un argumento para levantar la Champions, pero no siempre lo fue

Y a toro pasado sabe barato decir que fue muy grande la jugada de Antonio Conte o quien le llamara, el que le diera la ’10’ de Del Piero y se encomendara a su fútbol con devoción, pero pocos se hubieran atrevido a hacerlo entonces, cuando el Apache parecía haber perdido el interés por el balompié. Y quizás en todo este tiempo sólo dependió de él, ni siquiera de los que le dieron la razón, pues pudo haberlos traicionado, ni de su equipo o de su entrenador. Fue sólo cuando recuperó el amor propio, el respeto hacia sí mismo y su profesión, que se decidió a volver como los grandes y ser aquel que vistió rompiendo miedos el dorsal de Diego Armando en Boca y no aquel al que los cielos de Manchester parecían haber nublado el juicio. Conte le entregó su Juve, y hoy la Juve es Tévez.

Carlitos es, hoy día, con pocas dudas el jugador más determinante de la Viecchia Signora, quizá el único cuyo fútbol sea inspiracional y letal en todos sus sentidos, capaz de girar en torno a él una idea, sin siquiera estar presente en ocasiones. Es cierto que no es un crack a la usanza, pero aún con sus limitaciones terrenales tiene en su sino el gol, no tanto como asesino, pero sí como provocador. La libertad de Carlitos en Turín ha fertilizado su vientre, que ahora engendra jugadas de todos los colores y a todas horas está rodeado de comadronas de blanco y negro revoloteando a su alrededor. Tévez y el gol tienen esa relación de amor que sólo los agraciados mantienen, y cuando Carlitos recibe, de noche, la llamada de su amado, algo en él despierta con furor y resulta difícil de parar. Con el instinto de un animal, de un salvaje quizá, el Apache piensa más rápido, sortea rivales, encuentra espacios, filtra pases, rompe defensas y destruye redes. En definitiva, tiene la innata facilidad para ganar partidos. Y esto es tan raro como divino.

La historia de Carlitos y Argentina tiene luces y sombras

Difícil de imaginar, sin duda, para los que le tildaban de exjugador en Buenos Aires mientras desquiciaba a Mancini, o antes incluso cuando jugando para Boca y Corinthians daba más para hablar en rumores que en análisis. Pero sin duda en la albiceleste fue donde erigió su leyenda de enigma. Proscrito para muchos, fue ahorcado en la plaza del pueblo casi sin querer como resultado de una lucha titánica que su propio país edificó en torno a él y Messi, y que con certeza ninguno de los protagonistas disfrutó. Calmadas las aguas con el Apache lejos de las listas de la gloria, Tévez vuelve a encontrarse con el hombre, o eso creemos, que le arrebató la condición de héroe del pueblo por la que quizá Leo nunca peleó con convicción. Y a pesar de ello la ganó.

Y es que no es baladí decir que lo que te separa de la gloria, de ser un rebelde reaccionario a un líder triunfador, tiene nombre y apellido y estos son Lionel y Messi. Quizá el fin de fiesta perfecto, el último desafío en la carrera por limpiar un nombre perseguido, el reto más temido por quien no teme los retos. Y quizá, por eso mismo, la sensación de desesperanza total, por sentir que haga lo que haga la gloria puede no depender de él. Pero si algo le enseñó el barrio Ejército de los Andes, más conocido como Fuerte Apache, no fueron precisamente las palabras de Hemmingway o Faulkner. Carlitos no confía en Leo Messi. Un salvaje sólo confía en él. Y en él confía Turín.

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