Héroes del Tiempo

Sé que no hace falta que explique lo que significa ganar la Copa de Europa, pero es imprescindible dedicar unos segundos a pensar sobre ello antes de entrar en cualquier análisis. Si lo crees necesario, para de leer por unos instantes, cierra los ojos e imagínate llevando a tu equipo, a tu ciudad, a tu gente, a la cima de lo inalcanzable. Imagínate estampando con una bota tu marca en las redes del Olimpo de los Dioses y tu nombre en los cantos de juglares. Para cualquier mortal que no tuvo en gracia nacer en tiempos de conquistas y Cruzadas, el fútbol es la forma más artística de desafiar en la guerra a la muerte y el paso del tiempo. Pues bien, en Berlín saltaron al campo un puñado de elegidos, una suerte de semidioses que habían alcanzado este honor tres veces ya. Y saltaron de él habiéndolo hecho una cuarta. 4 victorias de las 5 que tiene su club en las vitrinas. 4 de las 10 últimas que se han disputado. El FC Barcelona ganó la Copa de Europa porque no había otro escenario posible.

Conviene, una vez entendido esto, detener el tiempo en el preciso momento en que Andrés Iniesta levanta la mirada dentro del área rival en el minuto 4. Para llegar a ese punto, miles de horas de trabajo, muchísimo tiempo, y un factor diferencial. Messi. Porque quizás en el partido que menos brilló es donde más se vio su poder. A buen seguro Massimiliano Allegri ha dormido poco esta semana. A buen seguro en pesadillas se le apareció Lionel cargando en ambas manos un signo de interrogación. ¿Cómo pararle? Imposible, decían. Max había oído en muchos contextos esa palabra y nunca le había encontrado lógica. Debía haber una manera, no un hombre. De nuevo el tiempo, corriendo imparable, y mucho esfuerzo para encontrar una solución. Viendo el desenlace en el césped algo debió de salir bien, porque el veneno de Leo se quedó -en parte, que ya es mucho- en el aguijón. Entonces, ¿dónde queda su importancia?

El engranaje de Luis Enrique funcionó a la perfección

Como es bien sabido, el fútbol es una manta corta y el tiempo pasa para todos igual. Luis Enrique, ajedrecista profesional, supo responder a cada uno de los movimientos de su homólogo. Con Messi fijado en banda -no se sabe hasta que punto fue directriz- el técnico activó a Alves interior derecho, y juntando a Busi y Andrés con la pelotita en semipivote dejó a Rakitic en la mediapunta percutir la Zona Fantasma juventina, esto es, la de Pirlo. La Juve, que es muy consciente de sus propias fortalezas y debilidades, se supo férrea en el centro y allí se cerró. Música para Neymar Jr. Escudado por Alba, el brasileño bailaba la indecisión de Marchisio y Lichtsteiner ante los constantes apoyos de Iniesta y Suárez. Por el carril central, Pirlo miraba y Vidal era un torrente desbocado. Los de blanco y negro estaban desbordados y aún no había empezado la fiesta.

Pero apenas unos minutos antes, cuando Mascherano estaba rememorando viejos fantasmas y pensando más en sus botas que en Carlitos Tévez, la Juve había parecido de otra especie. Tenían más dentadura, garras de dragón y cuatro piernas. Les faltaba templanza, pero imponían. Sabían que habían ido a Berlín a morir y ascendiendo al cielo ver su nombre impregnado en la Historia. Pero esto duró tres minutos. Los que tardó el engranaje azulgrana en ir de brasileño a brasileño y en mostrar todas sus costuras. Y allí, como flotando, apareció Andrés. Recuerda lo que sentías cuando imaginabas ser el héroe de la noche. Pues el manchego, que de momentos históricos sabe, levantó la cabeza y detuvo el crono. Ivan estaba solo. Y cualquier otro habría tirado. Pero ahora el Barça es campeón de Europa, y Rakitic, que es de los que no se imaginaba siendo el héroe, no supo ni cómo festejar. “Cantarán sobre ti los juglares” le decía el croata en la celebración, pero Andrés sabía que no era cierto, y aun así le dio la pelota.

La Juventus mantuvo ciertas ideas, pero perdió todo plan coherente

La descomposición anímica de los de Turín era evidente. Se les había olvidado qué hacían en Alemania. De verdad, lo habían olvidado. El Barcelona de Luis Enrique, maestro del tiempo, tiene por su parte, como las lavadoras, dos programas. El primero tritura, detiene el reloj y ejecuta movimientos a una velocidad inalcanzable, es letal e imparable. El segundo acelera el tiempo y se dedica a dejarlo pasar, a aguardar y propiciar miradas constantes al marcador. Pues bien, aún en el primero, la Juve se salvó de milagro. No es que resultara imposible que ganaran el partido, que nunca lo fue, simplemente no dependía de ellos. El Barça perdonó y el Barça falló atrás, y siempre dio la sensación de que por muy bien que lo hiciera la Juventus no tendrían la última palabra.

El tiempo y la Final igualaron una contienda muy dispar

Poco a poco, las tornas se cambiaban y el tiempo, nuestro inseparable compañero, inspiraba miedo y aliento a partes iguales. Y a punto estuvo Morata, por ello, de ganarse el partido, la Final y la Champions el solito, y quizá lo hubiera hecho si no hubiera tenido en frente a Piqué. De su lucha titánica Álvaro rescató un gol que, a decir verdad, aún no entiendo ni de dónde llegó. Pero sirvió para hacer recordar a los diez hombres que corrían con él que si estaban allí es porque temen a la muerte. Y desde ese momento once proto-héroes recobraron la ilusión y su misión. Durante unos minutos trasgredieron los límites de la lógica y la realidad, e impusieron con vigor y mucha honra los de la emoción y la fantasía. Fue el único momento de toda la Champions en que el Barcelona sufrió, y vaya si lo hizo. Pero olvidaron una cosa. Luis Enrique había activado el segundo programa, el Plan A.2. Consiste basicamente en ser letal, marear con el balón y aniquilar en el espacio. Y así, el egoísmo de Suárez que había cercenado una contra de gol o gol minutos antes sentenció el partido poco después. Porque el uruguayo sí sabía que si estaba allí era para ser eterno, y los actos de Iniesta eran para él los de un loco. Luis había nacido para ser un héroe. Y lo mismo creía Neymar.

Al final, el tiempo fue implacable como lo conocen, y condenó a guerreros a la oscuridad. Las lágrimas de Morata son las del que sabe que su partido de sueño sirvió sólo para ser pasto del tiempo y no para darle otra vida. Las sonrisas de Pirlo y Buffon son de las que encierran nudos en la garganta que sólo se sellan con los años. Luis Enrique alzó a un equipo sin rumbo a la eternidad, y justo es que reciba el mismo premio por todos los que de él dudamos. Una generación de hombres logró con honor y la pizca justa de azar lo que tú y yo un día soñamos y no fuimos capaces de lograr. Es de justicia que se les reconozca como el mejor equipo de Europa, como lo eterno entre lo mortal. Y al fútbol, al que tanto amamos, volveremos a echarle de menos. Pero sólo por un tiempo.

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